Ya es bien cierto aquello que dicen que los problemas no entienden de privilegios. De otra forma, sería impensable descifrar el mosqueo que Mercedes no ha conseguido sacarse de encima este fin de semana en Spa-Francorchamps. Allí, los ingenieros del constructor alemán desplazados al circuito, y el retén que se quedó en Brackley, le dieron la vuelta al coche de George Russell; primero en los ordenadores y después en el garaje, para tratar de descubrir de dónde venía el déficit de velocidad punta que demostró esa unidad del W17 respecto de la que condujo Kimi Antonelli, su compañero de equipo e indiscutible líder del Mundial, ganador en Bélgica de una carrera que tuvo que trabajarse más de lo inicialmente previsto por la injerencia del coche de seguridad. Hace dos semanas, la fortuna abandonó al boloñés —una avería cortó su remontada— y se subió al monoplaza del británico —terminó el segundo cuando ni mucho menos lo esperaba—. Esta vez, el mal fario no soltó la mano de Russell, que solo aguantó seis curvas antes de quedarse empantanado en la gravilla, y que se fue completamente desquiciado, sin saber atribuir su falta de pegada a ningún factor en concreto.
Antonelli gana en Spa con un Mercedes de dos velocidades
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