
Isabel Escandil lleva años conviviendo con la muerte. Forma parte de su oficio como auxiliar en la residencia Sagrado Corazón de Jesús de Fraga, en Huesca. Pero hasta hace poco seguía siendo un tabú. Tenía miedo a entrar en las habitaciones de los residentes a quienes se les acercaba el final: de tocarlos, de hacerles daño al cambiarlos o de que les llegase el último aliento justo cuando ella estuviera allí. “Antes eran casos extremos los que morían aquí. Ibas un poco torpe, no sabías cómo actuar, cómo hablar, cómo relacionarte con ellos ni con los familiares”, cuenta. Eso lleva meses cambiando gracias a una idea que tiene décadas, pero que aún avanza tímidamente: las comunidades compasivas, que son alrededor de una veintena en España.






