Una tarde de verano de 1938, Salvador Dalí llegó al distinguido barrio londinense de Hampstead cargando bajo el brazo el óleo La metamorfosis de Narciso (1937) y un poema sobre la paranoia que llevaba años queriendo poner en manos de Sigmund Freud. Stefan Zweig, que había organizado el encuentro, hizo de anfitrión. El viejo Freud, exiliado ya de Viena, escuchó al pintor con el rostro imperturbable y, cuando este se marchó, le confesó a Zweig que jamás había conocido a un espécimen tan cabal de español y con un dominio técnico tan admirable. No era, claro, el reconocimiento que Dalí esperaba. Era, en esencia, un dictamen.
Dalí contra Freud y Picasso contra Munch: los museos ponen el canon del arte en el diván
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