
Cada vez que aparece un nuevo ranking de “las mejores escuelas” hay algo que me inquieta. No porque mi centro no vaya a figurar, eso es obvio, sino porque esos listados de mejores escuelas tienden a consolidar una idea muy peligrosa sobre qué significa educar y en qué escuelas se educa mejor: la idea de que la excelencia se puede reducir a una tabla comparativa, a una nota agregada, a un resultado uniforme y medible que permite ordenar escuelas como si fueran productos.



