
El camino de Juan desde la libertad hasta verse posando orgulloso sobre un paso de cebra arcoíris de la prisión de Morón de la Frontera es tortuoso. No había experimentado en su vida adulta lo que supone ocultarse como un hombre gay hasta que pisó por primera vez una prisión, hace tres años. “Entré con mucho miedo de que me violasen en un servicio”, reconoce. Decidió entonces meterse al armario e impostar una vida irreal que incluía una mujer en la calle y ademanes masculinos. Cuando lo trasladaron a la prisión sevillana, pensó que aquello sería “más de lo mismo”, pero se equivocó: “Aquí me he soltado la pluma y he vuelto a ser yo”. Juan es uno de los 15 integrantes de Espacio Seguro, una iniciativa creada por este centro para fomentar la diversidad y la visibilidad de las personas LGTBIQ+ entre sus 1.350 internos. “Ahora somos como una familia”, apostilla Juan.








