Van a 47 por hora y parece que van parados, atraviesan sin detenerse Lascaux y sus pinturas de vanguardia en la piedra, Sarlat y sus tiendas de suvenires en calles pintorescas, Domme y más lugares de turismo rural entrañable. Entre ellos el pelotón transporta su sopor bajo la canícula de un sábado de siesta interminable, solo atento a terminar rápido la jornada en un sprint diabólico que llama a las caídas y a los crujidos de huesos –tres curvas de 90 grados en los dos últimos kilómetros cuesta abajo-, la octava de un Tour cuyo final todo el mundo cree que ya está escrito. Ni siquiera sorprende que repita victoria en la llegada masiva Tim Merlier, un día el Garona, el siguiente el Dordoña, en el que se refrescan la barriga las aturdidamente acaloradas gentes de Bergerac. Toma con distancia la última curva, donde acelera Van der Poel con Philipsen a rueda, calcula, acelera y en 400 metros supera a seis y saca una bicicleta al segundo, Biniam Girmay.
Merlier, impresionante, repite victoria al sprint en el Tour de Francia
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