
No contar con un certificado de discapacidad puede condicionar la vida de una persona de muchas maneras. Miguel Ángel Pardo Martín dejó de hacer una de las cosas que más disfrutaba: recorrer las calles de Madrid. Desde que sufrió un tercer ictus en enero de 2026, quedó con secuelas en el habla y en la movilidad y, desde entonces, perdió independencia. Al tener una incapacidad absoluta permanente, ya no puede salir solo de su piso en Villaviciosa de Odón y depende casi totalmente de un scooter eléctrico para moverse. “Antes iba al centro, pero ahora ya no puedo porque hay que coger el autobús y luego un metro. Ya he dejado de venir a Madrid por libertad”, explica el hombre de 67 años modulando con cierta dificultad. Las pocas veces que sale, lo hace para ir a una consulta médica. “Si tenemos que ir a cualquier sitio en el coche, lo tengo que dejar en el laboratorio o en el hospital, y ponerme a dar vueltas para poder aparcarlo”, explica su esposa, Montserrat López Espejo.




