Poco después de las 3.30 de la madrugada del 7 de julio de 2016, una pareja dejaba atrás el casco antiguo de Pamplona y enfilaba por la avenida de Roncesvalles para llegar a la estación de autobuses. En medio de ese paseo de apenas diez minutos se cruzaron, sin saberlo, con La Manada, y, 40 metros después, con la mujer a la que José Ángel Prenda Martínez, Ángel Boza Florido, Antonio Manuel Guerrero Escudero, Alfonso Jesús Cabezuelo Entrena y Jesús Escudero Domínguez acababan de agredir. Ella, sentada en un banco, lloraba. La pareja se acercó. Fueron la primera pieza de un engranaje, social e institucional, que allí, en Pamplona, funcionó.
Todo lo que funcionó (bien) tras la agresión de La Manada
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