A las niñas que consideraban vírgenes, basándose en la turgencia o firmeza de sus pechos, se las exhibía completamente desnudas. Aunque la ropa era un bien escaso entre todos los prisioneros, ya fueran hombres o mujeres adultas, los traficantes desnudaban a todas las personas cautivas para inspeccionar sus cuerpos, sus dientes y así poner un valor en el mercado a cada una de ellas. Era el siglo XVIII, el XIX. Y mientras estaban en las mazmorras oscuras e insalubres, los prisioneros hacinados eran inmovilizados con fuertes cadenas que los mantenían unidos en filas.
A las esclavas de la prostitución no las llamamos esclavas
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