Los futbolistas que tienen una manera especial de jugar pasan rápidamente a formar parte de la lengua popular. Su nombre viaja desde los terrenos de juego profesionales hasta campos de toda condición para convertirse en apodo momentáneo de centenares de futbolistas aficionados. Los que le pegan bien al balón, los que nunca defienden, los que no sueltan la pelota, los que no van a las disputas aéreas, los que fallan un gol cantado… todos encontrarán un nombre conocido que define su manera de estar en el césped. Hay, incluso, jugadores tan tan buenos y tan tan especiales que su nombre sirve para mentar una cosa y la contraria. El apellido Maradona, por ejemplo, servía hace años para definir a quien jugaba muy bien y, también, a quien no daba una. Con ironía, se entiende.
Se regateaba a sí mismo
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